El misterio de la carta del Diablo perdida en el tarot Visconti
En las barajas Visconti-Sforza del siglo XV falta justo la carta del Diablo. Te contamos las teorías que intentan explicar por qué desapareció y qué papel jugó en la brujería del Renacimiento.
Una ausencia que da que pensar
Si alguna vez te has asomado a las barajas de tarot más antiguas que se conservan, quizá te haya llamado la atención un detalle inquietante: en las primeras barajas Visconti-Sforza, pintadas a mano en la Italia del siglo XV, no aparece la carta del Diablo. Sencillamente, no está. Y no es la única que falta, pero su ausencia es la que más ha alimentado la imaginación de coleccionistas y estudiosos.
¿Se perdió por azar, como tantos objetos frágiles de hace más de quinientos años? ¿O hubo algo más detrás de su desaparición? No existe una respuesta cerrada, pero sí un puñado de pistas fascinantes que vale la pena repasar contigo.
El Diablo que nunca llegó a nuestros días
En la célebre baraja Visconti-Sforza —repartida hoy entre las colecciones Pierpont Morgan y Brera— faltan exactamente cuatro cartas: el Diablo, la Torre, el Tres de Espadas y el Caballero de Monedas. Que se hayan extraviado varias no es raro en piezas tan antiguas, así que durante mucho tiempo se asumió que era simple mala suerte.
Lo curioso es que, cuando se revisan otras barajas de tarocchi del Quattrocento, esa carta del Diablo primitiva tampoco aparece por ningún lado. Es como si el arcano hubiera estado condenado a desvanecerse. Ahí es donde la explicación puramente accidental empieza a resultar corta.
La carta del Diablo en los juicios por brujería
Investigadores del tarot como Andrea Vitali han rastreado documentos de los siglos XV y XVI que sitúan esta carta en el centro de prácticas mágicas populares. Según los registros de varios juicios venecianos, algunas mujeres recurrían al Diablo del tarot para pedir aquello que consideraban impropio elevar al Cielo: un amor no correspondido, el favor de un pretendiente esquivo, una venganza.
Los relatos de la época describen rituales muy concretos. En una inversión deliberada de la oración cristiana, se colocaba la carta del Diablo boca abajo, se encendía una lámpara de aceite y, con el pelo suelto y las manos cruzadas a la espalda, se repetía un padrenuestro durante tres noches seguidas. Conviene subrayar que hablamos de creencias y prácticas históricas, no de recetas que funcionen: lo interesante aquí es lo que revelan sobre la mentalidad de aquel tiempo.
Cuando las autoridades descubrían estos ritos, los castigos solían ser sorprendentemente leves. A una mujer llamada Catena, por ejemplo, se la expuso públicamente con una mitra en la cabeza —el mismo tocado de obispos y papas, usado ahora como marca de herejía— y un cartel que la señalaba como bruja por sus hechizos con hierbas.
Robar la carta: ¿la clave de su desaparición?
Aquí aparece el dato que más ha dado que hablar. En uno de aquellos procesos se recoge que una tal Emilia «tomó una carta de tarot, y era el Diablo, que robó a propósito». La palabra clave es robó: parece que, para que el ritual tuviera fuerza, la carta del Diablo no podía comprarse ni pintarse; había que sustraerla.
Si esa condición estaba realmente extendida, se abre una hipótesis tan sencilla como sugerente: quizá muchas cartas del Diablo desaparecieron de sus barajas precisamente porque alguien se las llevó para usarlas. Baraja tras baraja, el arcano habría ido esfumándose de las manos de sus dueños.
Imágenes con poder: por qué el Diablo era tan codiciado
Para entender todo esto hay que meterse en la cabeza de una persona del Renacimiento. En aquella época se creía que una imagen no era un mero dibujo, sino una especie de sustituto vivo de aquello que representaba, con una conexión directa con su modelo. No ayudaba que las primeras cartas de tarot xilografiadas salieran de los mismos talleres que imprimían estampas de santos: unas y otras se percibían como objetos cargados de presencia.
De ahí que se maltratara la imagen del Diablo para «castigarlo». Girolamo Menghi, en su Flagellum daemonum (1577), recomendaba dibujar el retrato del demonio y quemarlo como método de exorcismo; se pensaba que el daño hecho a la figura lo padecía el propio espíritu. Esa lógica desembocó en las famosas hogueras de las vanidades del Carnaval, donde ardían imágenes consideradas peligrosas.
Un ritual escondido entre las cartas que faltan
Volvamos a las cuatro ausencias de la Visconti-Sforza, porque juntas cuentan casi una historia. Resulta tentador imaginar un solo rito que las reclamara todas: invocar al Diablo para que castigara al Caballero de Monedas —un hombre adinerado, quizá el amante que traicionó— derribándolo con la Torre, a causa del dolor y la ruptura que simboliza el Tres de Espadas.
No hay forma de demostrarlo, y probablemente nunca la habrá. Pero la coincidencia es lo bastante elegante como para que la idea se resista a morir. A veces, lo que falta en una baraja dice tanto como lo que queda.
El tarot lleva siglos acompañando nuestras preguntas más íntimas. Si sientes curiosidad por lo que las cartas pueden reflejar de tu propia historia, una conversación con nuestros videntes y tarotistas puede ser un buen punto de partida.